Los biógrafos de Felipe II insisten en que no podía estar varios días seguidos en el mismo lugar y tenía que abandonarlo compulsivamente. Turisperitos hay que dirían que fue un rey “muy nómada” por sus continuos cambios de sede; otros dirían que fue un “rey muy viajero”. Lo cierto y verdad es que Felipe era tan sedentario como cualquier individuo de la cultura posneolítica, pero que hacía continuos desplazamientos de una sede a otra, siempre para regresar a la sede principal puesto que todos sus desplazamientos eran siempre circulares aunque de radio variable. Nadie dirá que Felipe fue un rey turista porque el término ha quedado limitado en el lenguaje ordinario, lo mismo que en el lenguaje especializado, a los viajes vacacionales hechos masivamente por gente anónima.
Es con este enfoque desde el que se puede analizar un Grand Tour muy especial entre los muchos que hizo en su vida este rey español, el que realizó cuando todavía era muy joven, estando ya casado, con un hijo y siendo Regente de España en ausencia de su padre, el emperador Carlos. La expresión francesa Grand Tour, popularizada por los ingleses, ha quedado fijada en la literatura turística con un significado reduccionista. Su significado original y directo ha llegado a olvidarse, lo que en español se llama simple y llanamente un largo viaje, al margen de quien lo haga y el motivo por el que lo realice.
Cuando el llamado Rey Prudente, Felipe de Austria, tenía 21 años de edad, hizo un largo viaje de tres años de duración, entre 1548 y 1551, con origen en Valladolid y destino en Bruselas. Estos simples datos coinciden con los que se aducen para caracterizar un Grand Tour: la juventud del viajero y dos o tres años de duración del viaje. Aquel viaje fue ante todo un viaje de Estado. Felipe viajó para responder a la llamada de su padre, a la sazón enfermo de gota, quien había tomado la decisión de abdicar. Tal pretensión exigía que el heredero estuviera presente en la Dieta Imperial, lo que obligó a que el príncipe se desplazara hasta donde estaba el rey para más tarde convocar el órgano que se acaba de citar. Pero también está hoy muy claro que aquel Grand Tour se aprovechó para que el príncipe conociera a los que serían sus súbditos al tiempo que completaba su formación como gobernante y trababa sólidas amistades con lo más granado de la nobleza gobernante de Europa. Sin embargo, como se verá más adelante en la descripción pormenorizada que se hará, el Grand Tour ofreció también al viajero la posibilidad de realizar otras muchas actividades, las más de ellas similares a las que convencionalmente son llamadas hoy “turísticas” por los turisperitos.
Sorprende que quienes tanto gustan de referirse al Grand Tour para hablar de los antecedentes del turismo moderno se limiten a los viajes de los nobles ingleses y nunca citen el Gran Tour que hizo el Príncipe Felipe a mediados del siglo XVI, a pesar de que es muy anterior a aquellos, y responder a casi todas las características que se dan por definitorias del Grand Tour. Parece por ello interesante e instructivo describirlo con cierto detalle con el fin de que se vean con claridad las similitudes. Para ello se utilizan los datos que aporta el historiador Henry Kamen en su obra Felipe de España (Siglo XXI, Madrid, 1997) quien, a su vez, los toma del diario de viaje que escribió Vicente Álvarez, el camarero castellano que formó parte del séquito del príncipe.
Como ya se ha dicho, en 1547 el emperador Carlos decidió abdicar y retirarse a algún lugar sano, tranquilo y apartado del mundo, como de hecho hizo poco después, estableciendo su morada en el monasterio de Yuste, en plena sierra castellana de Gredos. Convenía por ello que su hijo y heredero, Felipe, viajara a Bruselas para mejor ordenar los asuntos del reino. Su primo, el archiduque Maximiliano de Habsburgo, se haría cargo de la regencia de España en ausencia del Príncipe. Maximiliano llegó a Valladolid para contraer matrimonio con su prima María, hermana de Felipe. También Maximiliano realizó, pues, un Grand Tour, en este caso de Viena a Valladolid, pasando por Italia, documentado gracias a la narración que de él hizo el historiador italiano Nicolini en la obra que publicó en Nápoles en 1556.
Lamentablemente no existen datos que permitan conocer detalles sobre los preparativos del viaje a Bruselas del Príncipe Felipe, esa inevitable fase previa de todo viaje, sobre todo si es largo, una fase que se olvida a menudo y conviene destacar, una actividad que es claramente productiva porque exige conocimientos y consume recursos escasos. Como siempre, también en este caso los historiadores y cronistas solo se ocupan de la fase de consumo o realización del viaje y por ello solo sobre ella se tienen datos. Con respecto a la planificación del viaje de Felipe a Bruselas solo se sabe que Carlos V envió al duque de Alba a Valladolid con el encargo de que se ocupara de preparar el viaje de su hijo. Con este fin, Felipe convocó las Cortes de Castilla en Valladolid para anunciar que se proponía viajar a Bruselas. Fue así como supo que los castellanos no estaban a favor de que tan largo viaje se hiciera: se quedaban sin regente después de haberse quedado sin rey.
Aun así, contra la voluntad expresada por las Cortes de Castilla, el 2 de octubre de 1548, Felipe salió de Valladolid camino de Barcelona, acompañado de una comitiva en la que figuraban, además del duque de Alba, personalidades como Gonzalo Pérez, el sacerdote que luego fue su secretario personal durante 24 años, su tutor, Honorato Juan, el predicador Constantino Ponce de la Fuente y el cronista Cristóbal Calvet, además de algunos extranjeros. Henry Kamen cita entre ellos al cardenal alemán de Trento. También había en la comitiva real músicos como Luis de Narváez y Antonio de Cabezón, y su camarero, Vicente Álvarez, ya citado, quien se encargaría de supervisar las comidas en ruta y de escribir la crónica del viaje gracias a la que se conocen tantos y detallados datos.
La comitiva llegó a Montserrat el 11 de octubre y se detuvo tres días en el monasterio, lo que supone una velocidad de desplazamiento ciertamente alta, casi 70 Km. por jornada. El 14 de octubre llegaron a Barcelona. En la Ciudad Condal se hospedó el príncipe en el palacio de Estefanía de Requesens y el cardenal de Trento aprovechó para ofrecer un suntuoso banquete en honor del Príncipe y de numerosos invitados catalanes, en el que se sirvieron nada menos que ciento cincuenta platos. La fiesta duró tres horas pues el Príncipe se mostró muy animado en todo momento. Al parecer fue entonces cuando se aficionó al buen vino, lo que con el tiempo llegaría a ser algo más que una afición. La estancia en Barcelona se prolongó durante cuatro días y el 18 de octubre el grupo se encaminó hacia el puerto de Rosas, donde tuvo que esperar quince días a que pasara el mal tiempo que impedía la travesía por mar. Por fin, el 2 de noviembre se embarcó con su comitiva en una flota compuesta por cincuenta y ocho galeras al mando del almirante genovés Andrea Doria, a la sazón, un anciano de 82 vigorosos años. Fue el comienzo del primer viaje por mar que hizo Felipe. Como continuaba el mal tiempo, la flota navegó cerca de la costa y Felipe aprovechaba para pernoctar en tierra. La primera noche la pasó en Cadaqués. Los días siguientes visitó Collioure y Perpiñán. El 11 de noviembre zarparon del puerto francés de Collioure, pero, una vez más, el persistente mal tiempo les obligó a permanecer cerca de Aigües-Mortes con las anclas echadas, sin poder atracar ni navegar. Reanudada la navegación visitaron las islas de Hyères y Lérins.
Cuando el temporal amainó, siguieron navegando para pasar por Niza y Mónaco sin detenerse, y llegar a Savona, a cuyo puerto arribaron el 23 de noviembre. La familia Spínola ofreció al Príncipe una fastuosa fiesta de bienvenida a la que asistieron la nobleza italiana y banqueros como Lomellini, Pallavicino y Grillo. Parece que Felipe, no habló mucho durante la velada por su desconocimiento del idioma y porque, según se afirma, no gustaba de fiestas solemnes.
El 25 de noviembre la etapa marítima del viaje finalizó con el desembarco en el puerto de Génova, ciudad en la que fue huésped durante dieciséis días del almirante Doria. Antes de abandonar la ciudad de Génova el 11 de diciembre, Felipe y su comitiva asistieron a misa el 8 de diciembre. La ciudad fue testigo del boato con el que la comitiva transitó por las calles camino de la catedral donde fue celebrada la misa.
A partir de Génova el viaje se hizo siguiendo la ruta de Alessandria y Pavía. El historiador Kamen escribe literalmente que Felipe y sus acompañantes “en cada población hacían un poco de turismo y admiraban las fortificaciones”, frase en la que el historiador usa el vocablo turismo en el sentido vulgar con el que también lo usan los estudiosos del turismo, el de visitas superficiales para conocer el patrimonio cultural de un lugar. Siete días duró el viaje de Génova a Milán, ciudad a la que llegaron el 19 de diciembre. Felipe hacía poco que había recibido de su padre el ducado de Milán, por lo que se le dispensó un solemne recibimiento al que asistió el pueblo y lo más granado de la ciudad, con Carlos III, duque de Saboya, a la cabeza. La estancia en Milán duró 19 días durante los cuales el viajero fue agasajado con excursiones, fiestas, banquetes, torneos, teatro y grandes bailes, actos a los que se invitó a la nobleza y a los burgueses más destacados. El gobernador de Milán, Ferrante Gonzaga, organizó una gran fiesta seguida de baile para celebrar la entrada del nuevo año, el de 1549. Felipe se mostró muy galante con las damas que asistieron y no se retiró a descansar hasta muy avanzada la madrugada. Días después se organizó un torneo en su honor. Felipe aprovechó su estancia en Milán para conocer al pintor Tiziano, al que encargó algunos de los cuadros que hoy pueden verse en el Museo del Prado de Madrid. La adquisición de tornaviajes (souvenirs en francés) es como se sabe un tipo de compra que caracteriza a cualquier viajero.
El 7 de enero de reanudó el viaje por la ruta de Cremona y Mantua, ciudad en la que paró la comitiva para visitar al duque de Ferrara, en cuyo palacio se hospedó durante cuatro días. El 11 de enero, la comitiva retomó el camino por el valle del Adigio para penetrar en territorio alemán, llegando a Trento el día 24, después de trece días de tránsito por un camino lleno de dificultades orográficas. En Trento le dio la bienvenida el elector de Sajonia, Mauricio, aliado de Carlos V. En estas fechas, Trento centraba la atención mundial como sede del concilio que se celebraba desde hacía algunos años, aunque en el momento de la llegada de Felipe solo permanecían allí los prelados alemanes y españoles pues los demás se ausentaron siguiendo la recomendación papal de trasladarse a Bolonia para evitar el contagio de la epidemia que diezmaba la población. Aunque las actividades más relevantes de su estancia en Trento fueron los festejos, Felipe aprovechó la visita para entrevistarse con los prelados conciliares. Cinco días estuvieron los viajeros en Trento y el último de ellos se organizó una mascarada que duró hasta el amanecer del día siguiente.
El 30 de enero llegaron a Bolzano, ciudad alpina en la que pernoctaron y cuyas autoridades regalaron a Felipe un trozo de mineral de plata extraído de las minas cercanas. En su travesía de la región tirolesa, la comitiva pudo constatar el alto nivel de vida de sus habitantes y la hermosura y belleza de sus mujeres. El 3 de febrero pasaron por el puerto de Brennero para descender a Innsbruck, ciudad a la que arribaron el día 4 para descansar primero y practicar después el deporte de la caza en los bosques aledaños. También tuvo oportunidad Felipe de realizar una excursión en barco por el río Inn hasta Rosenheim, con pernoctación en la Abadía de Ebersberg. El día siguiente continuó el viaje para llegar el 13 de febrero a Munich, ciudad en la que el duque Alberto de Baviera le dio la bienvenida. Munich impresionó a la comitiva por “la belleza de la población, sus pequeñas casas y la limpieza de las calles”. Como ya era norma en las ciudades por las que pasó y estuvo, también la ciudad de Munich organizó banquetes y partidas de caza en honor del príncipe español y sus acompañantes. Desde que entró en Alemania, el obispo de Trento le sirvió de imprescindible intérprete pues Felipe tampoco hablaba alemán. Mauricio de Sajonia se unió al séquito real que el 21 de febrero, dos días después de dejar Munich, hizo su entrada en la ciudad de Augsburgo, una de las principales sedes de la reciente herejía luterana. En ella pasó cuatro días. La estancia en Augsburgo la dedicó Felipe, como ya iba siendo costumbre en su viaje, a visitar monumentos y familias amigas, entre estas la de los Fugger, los banqueros enriquecidos gracias a los préstamos que Carlos V necesitaba para financiar su numerosas guerras. Mauricio abandonó el séquito después de que este saliera de Augsburgo para regresar a Sajonia.
Felipe y su séquito abandonaron Augsburgo el 25 de febrero para continuar viaje hasta la ciudad de Ulm. En ella se detuvieron durante los dos últimos días de febrero. La ciudad de Ulm organizó con este motivo una justa fluvial en el Danubio que resultó muy divertida porque los perdedores eran arrojados al río entre el jolgorio de los asistentes. Salieron de Ulm el día 3 de marzo y se dirigieron al norte para buscar el curso del Rin y llegar a Würtemberg, territorio cuya población había abrazado mayoritariamente la Reforma. En la ciudad de Vainingen fue recibido por el luterano duque Alberto de Hohenhollern, gran maestre de los caballeros teutónicos que le dieron escolta militar hasta Epira o Espira, que de ambas formas al parecer se escribe. El 7 de marzo la comitiva llegó a la capital del Palatinado, Heidelberg, la cual, como su nombre indica, está localizada en un monte o colina orientada al valle del Neckar. Heidelberg era ya una floreciente y hermosa ciudad fiel al papado a pesar de estar rodeada de Estados luteranos. En ella permaneció Felipe cuatro días que aprovechó para practicar la caza y las comidas campestres en los bosques del entorno. También se celebró una justa en el patio del castillo con banquete y baile nocturno en honor del regio visitante.
El grupo abandonó Heidelberg el 11 de marzo para llegar al atardecer a Epira, a orillas del Rin, ciudad en la que fue recibido por una escolta holandesa al mando del duque de Aerschot acompañado por el arzobispo de Maguncia, quien había llegado a Epira en barco para saludar al Príncipe. Después de unos días en Epira reanudaron el viaje camino de Luxemburgo, ciudad a la que llegaron la noche del 21 de marzo y en la que solo estuvo esa noche, lo que no le impidió dedicar algunas horas para inspeccionar sus famosas fortificaciones militares. Los tres últimos días de marzo, la comitiva estuvo alojada en la ciudad de Namur, ya en dominios de Carlos V, muy cerca de la ciudad de Bruselas, en la que la reina María de Hungría, tía de Felipe, recibió personalmente a los viajeros.
La tarde del 1 de abril, Felipe hizo su entrada oficial en Bruselas. La ciudad había engalanado sus calles para recibir solemnemente al hijo del Emperador. Unas 50.000 personas abarrotaban el centro urbano según un testigo, lo que da idea de la expectación que despertó la llegada de la comitiva. En el palacio real, María y su hermana Leonor, reina de Francia, lo recibieron y lo escoltaron hasta la cámara en la que se encontraba su padre. Hacía 6 años que Carlos V había abandonado por última vez España y desde entonces no se veían. El encuentro fue especialmente emotivo.
Henry Kamen especifica en la obra citada que “el viaje hacia los Países Bajos duró seis meses, una larga expedición de placer que también tenía un propósito educativo”, frase en la que el historiador recoge dos componentes del programa de viaje pero olvida otros, entre los que se encuentran los gubernativos, los dinásticos y los simplemente familiares. Casi la mitad de ese tiempo fue consumida en estancias de diferente duración en las ciudades por las que pasó, en unas para pernoctar y en otras para visitar a sus gobernantes, interesarse por las instalaciones defensivas o para participar en fiestas, torneos y banquetes de acuerdo con la programación de la estancia que elaboraron los anfitriones en su honor.
Los primeros tres meses y medio de su estancia en los Países Bajos Felipe permaneció en Bruselas a causa de la precaria salud de su padre. A pesar de su enfermedad, Carlos procuró que la estancia de su hijo fuera agradable y divertida sin olvidar las trascendentales actividades que ambos se proponían realizar, la abdicación del Emperador en su hijo, actividades y tareas que constituían la misión para cuyo cumplimiento fue planificado y realizado el viaje. “Durante todo este periodo, se organizaron muchas bellas fiestas, banquetes, bailes, graciosas mascaradas, partidas de caza y torneos”, escribe Kamen siguiendo al cronista Álvarez. Además, tuvo oportunidad de conocer y hacer amistad con nobles holandeses como Guillermo de Orange y Lamoral de Egmont aprovechando que ambos hablaban castellano. Incluso tuvo ocasión de galantear con numerosas doncellas entre las que destacó la duquesa de Lorena.
Diariamente Felipe era recibido por su padre para despachar con él asuntos de gobierno durante dos o tres horas, impartirle consejos y adiestrarlo en la elevada misión que se proponía poner sobre sus hombros. Hay que resaltar, porque a pesar de ser tan obvio se olvida, que la larga estancia de Felipe fue programada hasta en sus más mínimos detalles respondiendo a la demanda del Emperador y de la reina regente. En este programa figuraban diversas actividades en Bruselas y también dos viajes por las provincias flamencas del norte y del sur, viajes que, obviamente tuvieron que ser sometidos a cuidadosos preparativos ya que ambos fueron programados para Carlos y su hijo Felipe, acompañados de un nutrido séquito de soldados y sirvientes.
El 12 de julio, Carlos salió de Bruselas en compañía de su hijo para visitar las provincias flamencas. Carlos tenía gran interés en que Felipe tomara contacto directo con sus súbditos flamencos. Las ciudades incluidas en el itinerario del viaje que ambos hicieron rivalizaron en fiestas y agasajos dedicados a los regios visitantes. En la comitiva real figuraban la corte del emperador, la del Príncipe, la de la reina María y la alta nobleza de los Países Bajos. Los meses de julio y agosto se dedicaron a visitar las provincias meridionales. Kamen escribe que “el punto culminante de la primera parte del trayecto fueron los entretenimientos que María de Hungría organizó para sus invitados durante la última semana de agosto en el palacio de Binche. María había convertido el viejo castillo en uno de los más suntuosos palacios renacentistas del norte de Europa” El 24 de agosto se organizó un torneo en el patio del palacio en honor de Felipe, quien participó con entusiasmo. Para los dos días que siguieron, la reina organizó una gran fiesta caballeresca en la que los caballeros, entre los que figuraba Felipe, tenían que salvar varios obstáculos para ganar la entrada a la Torre Oscura, liberar a los prisioneros que en ella estaban encarcelados y, una vez con ellos, encaminarse a las Islas Felices.
El 29 de agosto, la reina regente llevó a sus invitados al cercano castillo de Mariemont en el que se celebró una solemne fiesta servida por muchachas disfrazadas de ninfas y cazadoras. Después tuvo lugar la simulación del asalto al castillo por un grupo de jóvenes caballeros para liberar a las doncellas cautivas. Al día siguiente se celebró un nuevo torneo en el que participaron seis caballeros.
A fines de agosto, la gran comitiva regresó a Bruselas para descansar y dar tiempo a que se prepara la segunda parte del programa para visitar las provincias del norte. El 11 de septiembre Felipe hizo su entrada oficial en la ciudad de Amberes, el centro neurálgico del comercio de Europa. Amberes lo recibió con una Joyeuse Entrée, el ceremonial de recepción reservado para visitantes ilustres.
El día 27 de septiembre los viajeros lo dedicaron a visitar la ciudad de Rótterdam, cuna de Erasmo, pensador católico especialmente famoso en la Europa de la Reforma cuyo pensamiento tuvo gran influencia entre los mejores humanistas españoles. Esta segunda parte del viaje por las provincias del Norte fue especialmente intensa y agotadora. La comitiva regresó a Bruselas el día 26 de octubre. Con ello quedaban cumplida varias misiones del viaje de Felipe a los Países Bajos: visitar cada una de sus 17 provincias y prestar juramento en sus principales ciudades.
Después de unos días de descanso, se reanudaron los banquetes, las cacerías, los torneos y los bailes. El luterano rey de Dinamarca aprovechó la estancia del Príncipe y le envió ocho halcones para la práctica de la cetrería, actividad a la que eran muy aficionados los nobles del Renacimiento.
Felipe tuvo oportunidad de participar en las fiestas del carnaval de 1550 en Bruselas y tomar parte en una justa sobre el dios del amor. Al terminar, Felipe ofreció un banquete a sus anfitriones. Tras el paréntesis del tiempo penitencial de Cuaresma, el 31 de mayo Felipe acompañó a su padre para reunirse con la Dieta Imperial en la ciudad de Augsburgo después de despedirse de Bruselas con nuevas fiestas y redoblados agasajos. Felipe durmió poco esa noche ya que la pasó en animadas charlas con sus amigos y bailando bajo la luna al son de las orquestas. La comitiva salió camino de Lovaina el 31 de mayo pero Felipe decidió volver a caballo a Bruselas, donde pernoctó por última vez para volver a salir de madrugada. De los comentarios del camarero cronista se desprende que fue aquella una intensa noche de amor ya que, al parecer, al día siguiente el Príncipe se encontraba “muy fatigado”.
Desde Lovaina continuó el viaje sin más incidencias hasta Maastricht. La escala siguiente terminó el 8 de junio en Aquisgrán, ciudad en la que Felipe tuvo oportunidad de visitar la catedral y la tumba de Carlomagno. A Colonia llegaron el 10 de junio y en ella permanecieron cuatro días. Los acompañantes no pudieron resistir la tentación de comprar en Colonia reliquias religiosas a las que tan aficionados son los cristianos piadosos. El día 14, salieron de Colonia y llegaron a Bonn, ciudad ribereña del Rin, donde los viajeros cambiaron de medio de transporte y embarcaron en la pequeña flota que les aguardaba para navegar hasta Maguncia, donde llegaron el día 18. El trayecto duró cuatro días durante los que los viajeros pernoctaban en tierra. En Maguncia estuvieron dos días y el 21 salieron hacia las ciudades meridionales de Works y Epira, de nuevo por tierra. El 24 llegaron a Epira por la misma ruta que Felipe había seguido un año antes. El 8 de julio, la comitiva llegó a la ciudad de Augsburgo, donde tuvo lugar la reunión de la Dieta Imperial convocada por el Emperador. De nuevo conviene resaltar que todas estas actividades fueron previamente programadas en Bruselas por orden del Emperador y encargadas al personal que habitualmente se encargaba de estos menesteres entre los que hay que citar el cargo de caballerizo mayor presente en las Cortes europeas
Felipe pasó todo un año en el sur de Alemania familiarizándose en el trato con los nobles alemanes y adquiriendo las obras de arte a las que era tan aficionado, entre ellas óleos de Tiziano, pero sin desatender los aspectos lúdicos que más le atraían como los galanteos amorosos, los torneos y las cacerías.
Junto a su asistencia a las reuniones de la Dieta, el emperador tenía especial interés en que su hijo estableciera contactos con la familia Habsburgo, cuyo consentimiento y acuerdo era imprescindible para dejar como heredero de todos sus estados, títulos y posesiones a su hijo Felipe. Al fallarle varios apoyos optó por una solución en etapas, pero es sabido que su voluntad no fue cumplida, ya que su hermano Fernando terminó heredando el título de Emperador y su hijo Felipe la Corona de España, las posesiones de los Países Bajos y las de ultramar.
Durante estos meses, Felipe tuvo tiempo para asistir a las reuniones tanto de la Dieta como de la familia sin dejar de practicar otras actividades que hoy se tienen por recreativas, lúdicas o de ocio, aunque, como es sabido, tanto unas como otras eran entonces obligaciones derivadas del estatuto de la nobleza. A fines de 1550, Felipe acompañó a su padre a un viaje de cinco días a Munich para seguir después a Starnberg, donde dedicó ocho días a la práctica de la caza, su actividad favorita. El 8 de agosto regresaron ambos a Augsburgo, donde en octubre de 1550 tuvo oportunidad Felipe de participar en un torneo y, en febrero de 1551, en los carnavales.
Pero Felipe, enamorado de Munich, volvió una vez más a esta ciudad para permanecer en ella durante cuatro días en abril de 1551, poco antes de emprender su viaje de vuelta a España.
En mayo de ese mismo se preparó su regreso a España y en la tarde del día 25 salió de Augsburgo acompañado de una pequeña escolta al mando del duque de Saboya. En Innsbruck estuvo tres días y el 6 de junio entró de nuevo en Trento. Felipe tuvo una nueva oportunidad de seguir atentamente las reuniones de los teólogos, pero tampoco se olvidó de disfrutar de numerosas fiestas y de galantear con las jóvenes de la nobleza.
En la mañana del 9 de junio salió de Trento. La comitiva se adentró en territorio de Lombardía y pasó dos días en Mantua. El 15 de junio se puso en camino hacia Milán, donde el gobernador volvió a agasajar al Príncipe y le sirvió de guía en la visita que hizo a las fortificaciones que tanto le interesaban. De Milán la comitiva salió para Génova, ciudad a la que llegaron el 1 de julio. El día 6 se dieron a la vela en una gran flota de 38 galeras, de nuevo al mando de Andrea Doria. Navegaron hasta Niza en cuyo puerto estuvieron el tiempo necesario para organizar un banquete al que asistieron las jóvenes de las familias principales. El 12 de julio atracó la flota en el puerto de Barcelona, desde donde Felipe escribió al duque de Saboya para comunicarle que había tenido “el más perfecto viaje que se podía desear”.
El 31 de julio, Felipe y su comitiva salieron de Barcelona hacia Zaragoza, y de Zaragoza a Tudela, ciudad en la que juró como señor de Navarra. De Tudela continuó a Soria, y de Soria a Valladolid. El día 19 fue recibido en Roa por la princesa Juana y por su hijo, don Carlos. Juntos entraron en Valladolid el día 1 de septiembre. Terminaba así un largo viaje, un Grand Tour en francés, que había durado poco menos de tres años. El viaje fue enjuiciado de forma muy diferente por la clase política europea, pero se da por sentado que, aunque Felipe cometió errores y tuvo que afrontar los escollos de su desconocimiento de idiomas, como gobernante amplió enormemente sus horizontes y como joven disfrutó de un modo que nunca olvidó. Sus gustos estéticos cambiaron después de este viaje porque conoció otras formas de vida que enriquecieron sus criterios y su formación. Justo uno de los objetivos que se buscaban con el viaje además de los ya especificados.
Como ya se ha dicho, el largo viaje del Príncipe Felipe responde perfectamente al esquema que más tarde se ha querido tipificar como Grand Tour, pero, como este mismo viaje muestra, no cabe duda de que es muy anterior en el tiempo a la época que los turisperitos aducen como origen del mismo (el siglo XVII) y también que fue más prolongado en duración y en distancias recorridas y tuvo más actividades que los que se realizaron más tarde por los jóvenes de la alta burguesía, entre las que abundan otros viajes ya que un Grand Tour no solo es largo y duradero sino también un viaje que integra otros viajes al modo de las muñecas rusas. Aún así, sorprende que este viaje de Felipe II no sea citado por quienes se ocupan con tanta fruición de los largos viajes de la nobleza inglesa, tal vez porque suponen que el Grand Tour era privativo de ella.